Miércoles 4 de mayo, 7 pm. Estoy en El Palentino, mítico bar del madrileño barrio de Malasaña. He quedado con Andrea Gautier, de Smiz&Pixel, para entrevistarla. No nos reconocemos, así que le escribo un mensaje y enseguida se acerca a mí una mujer joven, de andares relajados; el pelo castaño claro, suelto. Andrea es licenciada en Periodismo y DEA en antropología social por la UCM, y está especializada en perspectiva de género y comunicación audiovisual. A lo largo de su trayectoria ha trabajado en diferentes ámbitos de la comunicación, la gestión cultural y la producción audiovisual. Habla con desparpajo, seguridad y sin pelos en la lengua; yo pregunto con la ingenuidad de quien apenas empieza a gatear fuera del ámbito universitario.

Actualmente, trabaja con su hermano, Juan, en Smiz&Pixel, la productora que ambos fundaron. Mientras que ella proviene del periodismo, él lo hace de la rama audiovisual. Andrea siempre ha colaborado con su hermano en sus proyectos, pero no es hasta 2012 cuando sus caminos convergen a un nivel más profesional. La productora ya existía: Juan había estado trabajando algunos años con un socio, pero quiso la casualidad que decidiese marcharse justo cuando Andrea terminaba sus días como consejera técnica en el Ministerio de Cultura.


¿Cuál fue la primera gran dificultad que te encontraste al incorporarte a Smiz&Pixel?

La mayor dificultad es no tener ningún tipo de formación empresarial, ni de gestión, ni económica… e intentar ser mínimamente autónoma. Siempre cuentas con una gestora o un contable que te ayuda, pero tú tienes que saber qué pasa en tu empresa a nivel de números. Muchas veces tengo que inventarme el trabajo, una cosa que a veces es muy estimulante y otras tantas muy complicado, porque estás perdida, no sabes qué hacer, no eres capaz de concentrar las energías bien… También me cuesta bastante el tema de la autodisciplina. No tengo jefes, nadie me dice qué tengo que hacer. Estoy todo el rato muy dispersa aunque esté concentrada en mil cosas, y llegar al equilibrio en el que no se te va de las manos es muy complicado.

¿Cómo os repartís los roles tu hermano y tú dentro de la productora?

Yo llevo todo el tema de gestión y mi hermano la parte más técnica. En Smiz&Pixel tenemos tres patas fundamentales: una es la producción de cine, que hasta ahora no nos da para comer. Los cortos es lo que más controlamos porque es lo que más tiempo llevamos haciendo; las películas no tanto. Las películas, al final, te chupan la mayor parte de tu energía. No puedes estar ocho horas trabajando y luego hacer películas en tu tiempo libre; eso no es real. Es un trabajo 24/7/365. Hemos estado muchos años absorbidos por esta actividad, pero ahora estamos más focalizados en la parte de servicios, en ofrecer trabajo técnico. Por otro lado, en cuanto a nuestros propios proyectos, depende. Él tiene un perfil más creativo, pero yo a nivel de guión colaboro mucho. Hay proyectos en los que intercambiamos los roles, y menos mal, el cambio de aires siempre viene bien.

Dentro de tu trabajo como consejera técnica del equipo de dirección del Ministerio de Cultura entre 2009 y 2012, coordinaste el informe “Mujeres y cultura: políticas de igualdad”, en el año 2011. Según el mismo, y dentro del marco del cine español, entre 1999 y 2008 sólo el 6’6% de las películas estrenadas fueron dirigidas por mujeres; y entre el 2000 y 2006, sólo el 15% de las películas fueron escritas por mujeres y sólo el 20% tuvieron a una mujer al frente de la producción. En comparación, el último informe de CIMA, publicado recientemente, saca a relucir que sólo el 19% de las películas estrenadas en 2015 han sido dirigidas por mujeres y, una cifra algo más alta, que el 43% cuentan con un mujer a cargo de la dirección de producción. ¿Cómo te posicionas tú como productora y guionista ante estos datos, que siguen evidenciando una desigualdad real?

Hacen falta más productoras mujeres; no tanto cineastas, cineastas hay muchas, pero faltan productoras que crean en sus proyectos. Yo reivindico la producción, está muy mal valorado el trabajo de los productores. Si quienes consiguen el dinero son los productores, quienes sacan las películas adelante son los productores… se hace necesaria la presencia de mujeres que entiendan la importancia de compartir esas historias. Es complicado, como en todo; nos queda muchísimo camino. Es un sector muy masculinizado. Hay muy pocas mujeres, y las pocas que estamos, estamos todas con el yugo de la maternidad, la familia y atención social. Hay muy pocas mujeres ejerciendo de una manera natural la profesión, porque están todas ocupadas luchando una guerra de supervivencia personal y profesional. Es muy difícil que esas cifras cambien. Las mujeres necesitamos perder el miedo a ser continuamente juzgadas, es la clave, pero para ello necesitas moverte en un espacio de independencia y libertad que es muy difícil conseguir. Si dependes de una nómina, no lo puedes tener. Necesitamos encontrar esos espacios de mayor seguridad personal y profesional donde poder decir las cosas, algo tan sencillo como eso.

¿De qué manera conviven los proyectos de Smiz&Pixel con la perspectiva de género?

Es una herramienta con la que funcionamos de manera transversal en todos los proyectos, aunque en algunos los invade más que en otros. Tampoco queremos dejarnos invadir todo el rato por eso. En este aspecto yo lo tengo más difícil que Juan, porque yo no lo puedo evitar. Por ejemplo, ahora que estamos procurando abrirnos un poquito más y empezar a colaborar con otras productoras, en proyectos de otra gente, leo guiones que a veces no puedo evitar que me chirríen. Pero procuramos tener en cuenta la perspectiva de género, desde luego que sí; a mí no me sale trabajar de otra manera, no puedo hacer películas en las que yo misma esté percibiendo que algo está mal, porque no me puedo involucrar. Pero como digo, no en todos nuestros cortos es tan evidente. En Pornobrujas [2011] y El aspirante [2015] sí, son historias claramente influidas por el análisis de género y de la violencia de género; Soy tan feliz [2014], por otro lado, gira en torno al tema de los cuidados, otro pilar de la cuestión de género… Sí que está [la perspectiva de género], y de hecho es una de nuestras señas de identidad. Yo creo que en esto nos compenetramos bien, porque yo, aparte de ser mujer, tengo formación académica y demás, y Juan, o bien porque ha tenido una hermana como y no le ha quedado otra, o porque él también ha tenido ese interés y esa sensibilidad, proyectamos esta idea en nuestras inquietudes artísticas y creativas.

¿Cómo definirías cine feminista?

Es una de las cuestiones que desarrollo en mi tesis: ¿existe la mirada femenina? ¿qué es la mirada femenina? ¿hay un cine de mujeres?… El cine feminista es un cine político. Requiere una intención, una toma de conciencia y un planteamiento de base. O te planteas un discurso, una narrativa, una puesta en escena, unos personajes, unos conflictos, etc., toda una serie de elementos inundados o teñidos por esa inquietud, o da igual que seas mujer. De hecho, hay muchos hombres que hacen un cine muy feminista. La mirada femenina no existe y la mirada feminista es una mirada política. Están muy bien las películas que rescatan historias de mujeres como sucede en Suffragette, pero realmente creo que tiene que haber algo más, algo que remueva y que lleve a la reflexión feminista.

Una de vuestras producciones más conocidas, especialmente en círculos feministas, es el cortometraje Pornobrujas (2011), el cual aborda el tema de la violación. Como guionista, ¿cómo te surge la idea?

La idea nos surgió a Juan y a mí después de ver un corto que trataba el tema de la violación de forma irreal. Salimos enfadados y muy cansados de que a las mujeres siempre nos tratasen igual en el cine: la mujer como la única culpable de que la violen, la mujer lo va buscando…, toda esa serie de mensajes nocivos. Coincide además con que justo habíamos leído Teoría King Kong [2006], de Virginie Despentes. Y decidimos hacerlo. Estuvimos un año escribiendo el guión, con bastante miedo, yo especialmente porque en ese momento estaba todavía buscando mi hueco a nivel académico en temas de género y me arriesgaba a que me cerrasen la puerta en muchos sitios. Con mucho respeto también: no queríamos lanzar mensajes equivocados ni que pudiera parecer que frivolizábamos la violación… Fue intenso, y espero no dedicar tanto tiempo nunca más a un guión. Contamos con ayuda para elaborarlo: formamos un grupo de trabajo, cosa que recomiendo. Juntamos a un grupo de mujeres de nuestro entorno cultural que no tenían nada que ver con el cine y que provenían de distintos ámbitos: educadoras, biólogas…; perfiles muy distintos, y estuvimos trabajando las diferentes secuencias del guión con ellas: si los personajes resultaban creíbles, si las conversaciones eran verosímiles… Buscábamos imprimir una credibilidad para que el proyecto funcionara. Si los conflictos no resultaban realistas, todo nuestro esfuerzo por plantear una mirada diferente iban a ser en vano.

Respecto a la producción del corto, ¿dónde está rodado? ¿Cuántos días rodáis? ¿Cómo está financiado?

Es el corto más caro que hemos producido. Nos costó 35.000 euros que financiamos en su momento con parte de los premios del corto anterior, Metropolis Ferry [2010], y las ayudas de la Comunidad de Madrid. También pusimos mucho dinero de nuestro bolsillo, que hemos recuperado, con la ayuda a posteriori del ICAA. Rodamos cinco días en Alicante, en El Campello, donde mi madre tiene un apartamento; llevábamos años queriendo aprovechar esa localización. Es el rodaje más importante que hemos montado, incluso más que los de las últimas películas. En Pornobrujas es cuando yo me empiezo a implicar en la productora, y fue también cuando nos planteamos dar el paso hacia algo más grande: cambiamos de cámaras, juntamos a más de 40 personas en el rodaje… Lo hicimos desde una inocencia muy grande porque realmente podríamos haberlo hecho por menos dinero; pero queríamos que todo fuese bien. El rodaje fue muy divertido porque contamos con nuestro equipo de siempre, más acostumbrado a la batalla —venían del mundo de la tele, del mundo del videoclip—, y la otra parte del equipo eran alumnos de la ECAM… Eran dos mundos completamente distintos. También rodamos aquí en Madrid, en dos jornadas intensas, y luego cosas sueltas que se quedaron colgadas.

¿Estáis satisfechos con el resultado?

Cambiarías mil cosas, obviamente, pero en términos generales creo que logramos el objetivo, y que el corto aguante cuatro años después, es buena señal. Pornobrujas ha envejecido muy bien.

¿Qué recepción tuvo y qué tipo de feedback recibisteis?

Creo que el hecho de abordar el tema que aborda y hacerlo de la manera en que lo hace, hizo que no ganara los premios que se merecía. Porque, a pesar de conseguimos recuperar la inversión, no ganamos muchos premios, a diferencia de otros cortos como Metropolis Ferry, que arrasó, Soy tan feliz, que también, y ahora El aspirante, que está funcionando muy bien… Pienso que los hombres del jurado no se atrevieron por aquello de “no voy a ser yo quien diga que esto está bien”, y las mujeres que estaban, tenían demasiado miedo, porque era tan duro que posicionarse como mujer en un jurado para premiar ese corto y no otro… era mucho posicionamiento. Si bien es cierto que la respuesta a nivel de premios a mí me pareció tímida, en el mundo feminista fue un éxito, tuvo muy buena acogida, mucho mejor de la que nos esperábamos. A mí me ha servido muchísimo. Y en cuanto al público general… nunca queda indiferente, y eso es lo bueno.

Cambiando de tercio y poniendo el foco en una de vuestras producciones más recientes, ¿cómo llega María Pérez a Smiz&Pixel y por qué decidís realizar Malpartida Fluxus Village (2015)?

María y Juan se conocieron en la Berlinale como directores. Hablaron de proyectos, pero la cosa se quedó ahí, aunque mantuvieron el contacto. Estas cosas van muy lentas; tanto es así que no fue hasta el año siguiente cuando empezamos a hablar en serio. Con María fue todo una aventura. Hemos conseguido ser buenas amigas, aunque no ha sido fácil, porque producir algo es peor que casarte. María tiene una energía muy potente, tiene muy claro lo que quiere y es capaz de seducirte, y eso no es fácil. María consiguió seducirme y embaucarme en su idea, y yo me abandoné a ello; también estaba deseando abandonarme, fue un buen momento para encontrarnos.

A nivel de producción, ¿qué fue lo más complicado durante la realización de Malpartida Fluxus Village?

Cuando trabajas con los presupuestos tan tan ajustados, tienes un problema, porque tienes la sensación de que estás timando a la gente, aunque en realidad no sea así. Y creo que si María estuviera aquí estaría de acuerdo conmigo… Tú les estas ofreciendo una cosa: “Tengo este plan: hacer esta película imposible con este dinero imposible, ¿te apetece?”. Lo más complicado es tratar de hacer entender a todos de que lo que estás haciendo es real. No eres la Warner, pero apuntas muy alto y cuentas con gente muy potente. Tratas de hacer una cosa bien hecha con muy pocos recursos. Esto es algo que, además, te limita mucho si eres mujer, porque aparte de no tener dinero, no tienes autoridad. Esto tiene mucho que ver con la forma en la que nos educan a nosotras: queremos complacer. Es el síndrome de Maripili: quieres que todo el mundo te quiera, y todo el mundo no te va a querer nunca. No puedes tener poder tratando de contentar a todo el mundo, porque entonces no tienes autoridad. Y esto es incompatible con una producción y un presupuesto ajustado, donde a veces hay que estricta y decir “esto es lo que hay”.

¿Cómo fue trabajar con los artistas de Fluxus, Philip Corner, Ben Patterson y Willem de Ridder?

Traer a los artistas fue lo mejor, con ellos la experiencia fue muy buena. Son increíbles: tienen 80 años y vinieron aquí a montar su performance. Estaban encantados y dispuestos a todo, con una actitud buenísima. No cobraron nada, pero se les pagó el viaje. Me acuerdo de que, después de su performance en la bañera, Juan le dijo a Ben: “¿No va siendo ya hora de terminar esta vida e irte a casa, descansar…?”. A lo que él contestó: “Los viejos artistas son como los viejos cowboys: moriremos con las botas puestas”. Claro, cuando un hombre de 85 años, que se acaba de meter desnudo en una bañera llena de micros, a punto de morir electrocutado, te dice eso…

¿Cuánto duró el rodaje de Malpartida Fluxus Village?

Estuvimos tres semanas en Malpartida de Cáceres y diez días en Alemania, aunque al final Alemania no sale en la película. Es lo malo de los documentales: no cuentas con un guión cerrado y una planificación total, como sucede con un guión de ficción; el esquema de trabajo es otro. Así que, aunque María tenía las ideas muy claras, no sabíamos lo que al final íbamos a necesitar y pensamos que lo necesitábamos todo. Con esto yo he aprendido mucho como productora. Como era el primer largo que producía y también el primero que María dirigía, para mí era muy importante que ella se sintiese libre y cómoda, que no viera en mí una enemiga sino una aliada. Y se me fue de las manos, tendría que haberle parado más los pies, pero bueno, es la única forma de aprender. No hay ningún plano del rodaje en Alemania en la película, pero sí que publicamos vídeos y entrevistas en la plataforma online que montamos precisamente para eso, para darle alguna salida a todo ese material. Pero pasa lo de siempre: es algo que no da dinero. Conseguimos algo de financiación con las ayudas del Ministerio de Cultura para proyectos de generación de contenidos digitales, pero no siguieron apoyando el proyecto y es algo que ahora mismo está un poco muerto. No fue mala idea, quizá en algún momento se pueda retomar, pero ahora no podemos dedicarle mas tiempo.

Estuve en el estreno del documental en Cineteca, el pasado noviembre, y recuerdo la larga cola de taquilla y la total ocupación de la sala. ¿Consideras que ha tenido una buena recepción?

Muy buena. Teniendo en cuenta que es una película muy complicada desde el principio, por el tipo de película que es… Estamos muy satisfechos.

En la web de Smiz&Pixel destacáis el tema del transmedia poniendo como ejemplo el mapa interactivo Fluxus, disponible en la plataforma que mencionas. También con Pornobrujas creasteis en su momento un canal en Youtube y un perfil en Myspace. ¿Qué funciones le veis al transmedia y qué beneficios os brinda?

Es un tema muy interesante, pero no nos da beneficio alguno, o yo no he sabido hacerlo. Para Tangel Gool [2015], por ejemplo, lanzamos una campaña de crowfunding y fue casi más duro que el mismo rodaje del largo. Hacer un crowfunding requiere una cantidad bastante importante de energía, trabajo, dedicación… Tienes tres meses para conseguir un dinero y tienes que estar todos los días escribiendo a periodistas, medios, etc. Y respecto al tema de la plataforma transmedia de Fluxus o las plataformas de vídeo on demand, más de lo mismo: no da dinero. Tenemos ahora mismo dos documentales en Filmin y no facturamos más de 100 euros al año. No renta. Es algo que está ahí y que esta a punto de explotar, pero que todavía no lo hace. El mundo transmedia funciona muy bien vinculado al mundo del videojuego, por ejemplo; pero es otra industria.